FIN DE HISTORIA DE TODAS LAS COSAS

A PIEDRA Y LODO

El sábado a las doce de la noche terminé la escritura de Historia de todas las cosas. Trabajé desde el lunes a las ocho de la mañana, todos los días aproximadamente 16 horas diarias, con pausas apenas para tomar café, escribir, ir al básquet, comer, escribir, tomar café, escribir, y dormir en promedio tres horas cada noche. Generalmente me acostaba a las doce de la noche y me levantaba a las dos o tres de la mañana. Quería dormir más pero el bullicio de mis personajes no me dejaba volver a conciliar el sueño. La energía me permitía estar lúcido casi todo el tiempo y sólo hacia el míercoles me sentí cansado. Me cayó una gripa del carajo, y, ni modo, adelante. También, me olvidaba, fui a dictar las clases de redacción en las facultades de danza y Artes Visuales. En total 580 páginas en 96 horas, menos las ocupadas en otros menesteres, aproximadamente, 35 horas. O sea, escribiendo ocupé 61 horas, a razón de ocho o nueve páginas por hora. El domingo lo ocupé en corregir los trabajos de los alumnos, leer el manuscrito del argentino, arreglar la casa, jugar básquet y reintegrarme a la realidad. Cuando dejaba de escribir era porque literalmente no podía mantener los ojos abiertos y todo mi cuerpo se veía invadido por un tremendo cansancio. La novela quedó hermosa, vigorosa, llena de peripecias y de filosofía, con personajes dignos de ser amados, a tal punto que una vez cerrado el último capítulo pensé que era injusto encerrarlos entre pastas. La novela había adquirido tal vida, que mi existencia comparada con la de ellos resultaba pálida. Pasará mucho tiempo antes de que sea publicada. hay muchos proyectos ya en imprenta y cada uno de ellos merece su espacio y su tiempo. Agradezco las lecturas de Armando Pinto, Félix Luis Viera y Silverio Sánchez Rodríguez. El cariño de Félix por el negro Vladimiro hizo que éste creciera hasta ser casi la columna vertebral de la novela.

Marco Tulio Aguilera