UNA NOCHE DE AMOR CON TODO


LA NOCHE DE AQUILES Y VIRGEN

Relato tomado de Cuentos para antes de hacer el amor (Plaza y Janés, Colombia; Punto de Lectura México y España). Fue antologado en el volumen Veinte ante el milenio, recopilada por Eduardo García Aguilar (UNAM, México).

Amor mío, mi boca será
un ejército contra ti.

Apollinaire

Aquiles quiere todas las noches, antes de dormirse, un polvito no muy elaborado, apenas para dar fin a las reservas de vigilia que el trabajo en la oficina, las rutinas del café, los amigos y el periódico, no logran agotar. Su esposa, tres de cada cuatro noches, cansada e inapetente, derrotada por los afanes hogareños, la ansiedad de la espera y la tensión que suscitan en ella las telenovelas caprichosas e interminables, se derrumba sobre la cama, no sin haber cumplido con los rituales que el terco Mamuma se empeña en repetir antes de conciliar el sueño. Vestida a veces o con la piyama a medio camino, su cuerpo hecho una bella e inútil madeja, enternece y molesta, despierta el deseo y lo apaga con la inocencia de los indefensos. Lo que tiene de niña le salta entonces como un duende al rostro, allí se instala e ilumina la expresión sosegada y risueña de sus labios, los rasgos de muñeca vagamente oriental, las largas y densas pestañas, el pelo negrísimo felizmente desordenado en contraste con la palidez rosácea de las mejillas. La muy puta, piensa cariñosamente Aquiles, sabe desarmarme con su mejor pose. Pero no. No es ésa la mejor. Basta que abra los ojos para que la obra de arte de su rostro alcance la plenitud, el equilibrio magnífico, la turbadora belleza que no han logrado opacar los años ni soslayar la costumbre.
Una vez que coloca la cabeza en la almohada, basta contar hasta diez para saber que ya con Virgen no se puede tratar ningún asunto, menos que cualquier otro el de aliviar a su esposo de las urgencias que le quitan el sueño. Y no es que a ella no le guste; al contrario, la apasiona, la divierte, es su mejor re­cuerdo y su más socorrida expectativa, la mantiene en movimiento y risueña en el tráfago sin fin del día: la radio a todo volumen, Virgen cantando sin respiro y sin público (no lo hace mal, imita asombrosamente bien a dos o tres baladistas, tiene un alto senti­do del ritmo y un instinto diríase visceral para inventar coreo­grafías de las que sólo el espejo, las paredes y los muebles son testigos), barre, arregla la casa, tiende las camas, va al mercado, regresa, mira el reloj, cocina, lava, revisa el guisado, plancha, todo ello sin olvidar por un instante lo que le tiene reservada la noche (si el sueño no la vence, si Mamuma cae antes de las nueve, si el espíritu o el humor o las ganas o el deseo son propicios). Virgen recuerda, planea, inventa, sonríe, gira sobre las puntas de los pies y sigue adelante: recoger los jugue­tes del brujo Mamuma, ordenar la ropa planchada, sacudir los mue­bles, entablar una lucha campal contra las pelusas que invaden la alfombra.
Y no sólo le apasiona como actividad romántica —para ella lo del polvito es únicamente sub-producto del cariño, una parte pres­cindible e incluso antihigiénica del amor— sino que está dotada de las virtudes indispensables o acaso sólo del entusiasmo de la amante perfecta: hay en ella un extrañísimo equilibrio entre una ausencia de malicia, algo como una inocencia sin grietas, y una morbosidad minuciosa, extremista (Aquiles entiende que tal maridaje es absurdo, pero no tiene otra forma de explicar los comportamientos de su mujer), que la incita a pedir a su marido que prenda la luz de la lamparita y la obliga a querer rebasar todos los límites: siempre quiere esperar otro ratito, aplazar la solución inapelable y somera del alivio, y en sus transportes termina por echarlo a veces todo a perder. Aquiles, que no se concentra más allá de cierto umbral de tolerancia, comienza a pensar que debe levantarse temprano y llegar lúcido a la oficina para evitar confusiones, disputas, vergüenzas y sin querer pero deseándolo grita con fingida pesadumbre su derrota, que ya viene el polvito, mija, y en un gemido, apúrate, y el veloz negocio del amor termina con un enfurruñamiento de Virgen, quien afortunada­mente se duerme pronto, no tiene tiempo para protestar y al día siguiente perdona y olvida.
Nunca, nunca, ni en los tiempos del febril noviazgo (la conoció en la oficina, le gustaron sus ojos y el mohín de chiquilla con el que respondió a su sonrisa de cuarentón con debilidades, la invitó al cine, la besó en una esquina oscura, la llevó a su casa, se hicieron polvito y un mes más tarde se casaron), cuando Virgen se escapaba de su casa para pasar los fines de semana encerrada en el desastroso apartamento de Aquiles, ha quedado satisfecha. Sus proyectos eróticos son alocados, sin medida y todas las noches en que está dispuesta al goce, descansada y hecha toda ella un alboroto de perfumes y perifollos, dice que quiere ver la aurora después de haberse hecho polvito diez o doce veces. Ella supone que tal empresa es posible y estaría dispuesta a jurar que en los fecundos días previos al matrimonio, más que una hazaña, fue un hábito devastador y feliz.
Aquiles se dirige al baño, se lava los dientes —lo que es casi un vicio por la frecuencia y el cuidado con que lo hace—; se mira de frente y de perfil, menos movido por la vanidad que por el deseo de verificar los efectos del tiempo sobre un cutis que nunca ha sido benévolo; se da un duchazo de pájaro en la fuente, se aplica desodorante antes de secarse, hace ejercicios respiratorios y suspira.
Ya terminó, la telenovela. Mamuma cayó con los primeros comer­ciales. Aquiles escucha allá a lo lejos —la estancia es una inexplicable sucesión de cuartos todos semejantes, separados por puertas, el baño queda al final del rústico laberinto— que Virgen apaga la televisión. Las condiciones están dadas. Sólo falta que no la derrote el sueño, que llegue a la cama, como a un puerto, evitando los escollos de tantas labores que hay pendien­tes en la casa.
Aquiles, con el oído atento, avanza hacia la recámara. Va cerrando puertas y apagando luces. Entra en puntas de pies. Se pone la piyama. Una prenda poco erógena, sostiene Aquiles, a la que se ha resignado sin dificultad, como se resignó a los diminutivos ridículos, a la misma pregunta repetida año tras año, noche a noche, a poner las cosas más o menos en su lugar e inclu­so a ir a misa y a cumplir unas prácticas en las que dejó de creer cuando el cura de la parroquia le puso una mano en el alto muslo. Y no le compró una piyama semejante por crueldad o mal gusto sino por una razón menos que inescrutable: Virgen concibe una pasión doméstica por las diferentes partes del cuerpo de su esposo, pero por sus piernas tiene una debilidad rayana en lo enfermizo. Verlas desnudas y abalanzarse a besarlas es a menudo parte del mismo impulso. Comprensible entonces es que Aquiles haya convertido su disfraz de nocturno boy scout en piyama prefe­rida o anzuelo.
Aquiles cubre bien al brujo Mamuma con la cobija. Afirma el cubrelecho prensándolo con el colchón. Siempre lucha por destaparse. Es como Virgen: Se acuesta bien abrigada, hasta con suéter y calcetines, si es necesario con una bufanda. Encima se echa dos o tres cobijas. Horas después entredormida, comienza a patear las sábanas, luego, sin despertar del todo, se despoja del suéter. Si éste le opone resistencia, Virgen es capaz de desgarrarlo. Finalmente, merced a contorsiones y entre protestas, se deshace del portabustos y la pantaleta, que lanza furiosamente lejos. Entonces si se entrega al sueño, orlada por una desnudez beatífi­ca que despierta en su marido ternezas y arrebatos incontrolables dejándolo al arbitrio de la tierra estéril del insomnio.
Virgen parece no ocuparse de Aquiles. Se despoja con poco arte del vestido, del fondo y del sostén. Ahora viene el asunto delicadísimo de la selección de la piyama. Virgen escoge preci­samente la menos propicia. Lo dicho: no quiere, se dice contra­riado Aquiles, pero luego recuerda que la más socorrida estrate­gia de su mujercita es ocultar su aquiescencia hasta el último instante. Hay que seguirle el juego. Todo está en que no se duerma.
Es tan menudo el cuerpo de Virgen que cabe en la piyama de un niño de catorce años. Vista de lejos y con el cabello recogido se la puede confundir con un adolescente magnífico, lánguido y turbador. Su cuerpo destella inundado por la suave luz de la lámpara de diez voltios. La pieza superior de la piyama cubre fugazmente la cabeza, se desliza a lo largo de los brazos en alto, se detiene un segundo en sus cántaros de agua fresca y se instala como una cascada de cristal líquido en la curvatura del inicio de unas ancas de yegua niña.
Virgen se tambalea. El ave rapaz del sueño comienza a rondarla. recupera el equilibrio. Para ponerse el pantalón (hay veces en que la somnolencia le impide terminar el proceso y es entonces cuando Aquiles debe concluir lo iniciado).
¿Me quieres?, pregunta Virgen. Ya sabes que sí. Dilo. Te quiero. No te oí. Te quiero. ¿Cuánto? Lo suficiente. ¡Ah!
Así no van a funcionar las cosas, piensa Aquiles. Me faltó convicción y una pizca de fantasía. Tendría que haberme arrojado a sus pies y decirle por ejemplo te quiero más que a mi vida, más que a mi madre y a mis diez hermanos, por ti sería capaz de caminar descalzo cien kilómetros en pleno desierto del Sahara y de nadar desde América hasta Europa quince veces ida y vuelta.
Ah, las incomprensibles sutilezas del amor: entonces Virgen hubiera dicho: Me basta con que digas “te quiero” con sencillez y sinceridad. Y Aquiles habría replicado, ¿otra vez?, lo que iniciaría una discusión inacabable.
Aquiles lo intenta de nuevo. No son las palabras lo que cuenta, sino el torrente interior: Claro que te quiero, piojita.
Eso estuvo mejor.
Aquiles aparta las cobijas y se coloca en posición de recibir a Virgen en brazos. Generalmente se acomoda colocando su cabecita de pájaro sobre el pecho amplio y ligeramente mullido de su esposo. Luego entrevera sus piernas con las de Aquiles después de levantarse las enaguas de su bata hasta la cintura. Pero ahora la piyama de niño de catorce años obstaculiza el roce de los muslos (Virgen es prácticamente una puritana: no soporta las fiestas ni las reuniones de familia lleva a todas partes su tejido —tiene treinta o cuarenta suéteres, todos de su orgullosa creación— y en medio de las multitudes encuentra refugio en las agujas; llama a su esposo y le dice: Quiles, te propongo una travesura: vámonos volando a casa, nos quitamos los calzones y nos metemos en la tienda de campaña. Que es, claro, el amparo de las sábanas, todas las noches lim­pias, recién planchadas. Tal es su más alto paraíso).
Desde que lo conoció sin zapatos y sin pantalones —dos días después de verlo por primera vez en la oficina— Virgen vive impresionada por el tamaño de los dedos de los pies de su esposo: “Quisiera tener unos dedos gordos como los tuyos. ¿Crees que si me inyecto siliconas podré conseguirlos?”.
Virgen se estira. El buitre del sueño está a punto de acogotar­la. No hay remedio. Se tiende con poca gracia sobre la cama. Le da la espalda a su esposo. Abraza su almohada.
Aquiles comienza a contar. Cuando llega a nueve Virgen gira sobre los muslos de su marido, la cabeza en el pecho. Posición clásica. Mete una mano bajo la camisa de Aquiles y la deja divagar. Si súbitamente se inmoviliza a la altura del ombligo, es señal cierta de que ya los pájaros de la noche le están royen­do los pensamientos. Si desciende hasta las entrepiernas, una de dos posibilidades: o está obedeciendo al instinto de cada noche y después de alterar la paz del yacente se entrega, la muy irres­ponsable, a la clausura de las imágenes privadas, o de veras quiere hacerse polvito con su esposo. También puede ser, piensa Aquiles, que Virgen utilice la carnada del deseo para lograr la dosis necesaria y adormecedora de caricias y arrumacos.
Dada la segunda alternativa, Aquiles puede proceder. Introduce una mano a espaldas de Virgen y la dirige rumbo al cauce de sus nalgas, descendiendo por la vertiente de la columna vertebral, al tiempo que su esposa se estremece como un perrito de aguas que mueve la cola.
Dos actitudes de Virgen sacan de quicio a Aquiles: la de descu­brirse los pechos con aires de diva fatal y ofrecerlos a los labios diligentes de su marido, y la de recoger las piernas bajo las sábanas para despojarse de las pantaletas. Sólo en esos momentos puede descansar Aquiles en la certeza de que el camino hacia el polvito es irrevocable.
Virgen toma la gran cabeza de su marido y la conduce con pericia hacia los lugares que debe visitar. Dama delicada y experta, guía a su dragón doméstico a pastar en campos plagados de visio­nes y encantamientos, le permite el vislumbre y el goce fugaz de los nichos aromados y lo deja abrevar en su manantial más profun­do.
Si Aquiles quiere sacarla de los sueños de opio del amor (¡hay tantos papeles estúpidos y quisquillosos que revisar en la ofici­na!; un solo error ocasionaría una ominosa convocatoria a la guarida del director, desfilar entre las sonrisas de los compañe­ros), tiene que recurrir a pequeñas traiciones, omitir ciertas visitas ineludibles e inventarse arrebatos que lo lleven a trans­gredir los ritmos habituales de la ceremonia.
Como la criatura silvestre que ya siente silbar la flecha, Virgen se escabulle. Voy a prender la luz, dice, ¿no te molesta? Ni responder es conveniente. Ella misma sitúa una almohada bajo la cabeza de su amante y éste comprende sin dificultad alguna lo que se espera de él.
Aquiles recuerda que antes no le gustaba llegar a tales extremos, pues le molestaban los humores, el olor indiscernible, terrible­mente orgánico, la textura deleznable, el sabor pastoso, y que luego la necesidad, la costumbre, el saber que el camino estaría allanado, le hicieron reconocer y disfrutar de un cierto aromoso saborcillo a yerbabuena.
Ahora reconoce que sin ello no puede pasarse.
El brujo Mamuma se revuelve en la cama. Alarma.
Una mano de Virgen se tiende rumbo a la fuente de luz y Aquiles puede contemplar, antes que la oscuridad tranquilizadora torne a sumergir a Mamuma en el sueño, la frutal firmeza de un seno y el perfil de luna en cuarto menguante del otro.
Una vez segura de que Mamuma no volverá a despertar, Virgen retoma el mando. Dispone del cuerpo de su marido, lo distribuye equitativamente en la cama, le murmura fórmulas de paz y relaja­miento y después comienza a ramonearlo aquí y allá, con algo de calculada brusquedad, como una nerviosa cabrita de montaña en lo más agreste de su territorio, más jugueteando que en su ejercicio de una pasión tonta, y su esposo sabe jubiloso y en medio del temblor, a dónde conducirá todo aquello, a la más noble y delei­tosa, deleitable labor que convertirá la parte más sensible de su naturaleza en una temible, vibrante escultura. Baila Virgen una danza de guerra llena de estruendo y relámpagos y promesas en torno a su victoria.
No más, pide Aquiles, no más. Y la terca supone siempre que es falsa alarma y se empecina en recibir con descaro la medida más generosa de su marido en lo más profundo del foso de los suspi­ros, y en ocasiones, ya Aquiles tiene que recurrir a una especie de violento salto atrás y apartar la cabeza de su esposa y supli­carle que permanezca tranquila un instante. Entonces es cuando ella se da cuenta de las dimensiones de la posible tragedia y busca formas de evitarla: ¡Piensa en la crisis! ¡En la deuda externa! ¡hay que mandar el coche al taller!
A veces la estrategia de distracción da resultado y la carga de caballería se detiene justo antes de caer al fondo de la nada. Entonces, aliviados pero todavía en peligro, pueden hacer una pausa, fumar (Virgen sólo fuma en el lecho y lo hace torpemente, tomando el cigarrillo con más de dos dedos) y hablar del kínder del brujo Mamuma, de sus últimas ocurrencias (pintar una raya con tiza en el patio para que las hormigas no se atrevan a rebasarla; pretender abrir la puerta con una llave de plastilina), y los gastados chismes de la oficina (sólo hay una secretaria, una tipa que quizás veinte años atrás fuera atractiva, pero que hoy es correosa, presumida, regañona y desmañada y a quien, en broma, se le atribuyen toda clase de amoríos absurdos).
Pero si el desastre es inevitable, Virgen se desilusiona y observa cómo su marido se deshace en leves estertores (nunca comparables a los tremendos bramidos que lanza cuando se manosean cerca del lavadero, movidos por la soledad del patio, un arranque romántico de Virgen o el capricho de Aquiles que la sorprende a deshoras y con la insinuación de los senos al aire y el culito sublime embalado en un ir y venir sin piedad ni redención). Lo poco de placer entonces se diluye en una anémica llovizna ante la presencia burlona de Virgen que acepta lo irremediable y da la espalda.
¿Verdad que me quieres mucho?, pregunta. ¿Por qué negarlo? Aquiles no hubiera podido soportar la vida al lado de cualquier otra mujer. Todas sus anteriores amantes fueron tan seriamente lujuriosas, tan formales, tan faltas de frescura. Muchísimo, responde Aquiles. ¿Cuánto? De aquí a la China. Pues yo te quiero de aquí a Saturno, ida y vuelta quince veces.
Cualquier cantidad que mencione Aquiles será superada con creces por Virgen. Tiene una magnífica imaginación numérica.
¿Verdad que hay hombres que le meten la cosa a las mujeres por el anito? Sí, corazón. ¿Te gustaría hacerme eso a mí? No sé, quizá, pero mejor no: tienes tu rosita demasiado chica; te dolería.
¿Lo has hecho con alguien?
Aquiles opta por no responder. Recuerda su vergonzosa relación con una estudiante de medicina, sus protestas, su aceptación y contradictorio placer, sus vengazas.
Virgen es muy rencorosa, detesta el pasado de su esposo.
Lo sabe todo, pero insiste en solicitar detalles. Nunca le perdona que no haya llegado puro al matrimonio.
—¿Ya quieres tu polvito?
­­—Cuando quieras quiero.
Virgen se retracta: Mejor hagamos dos o tres estampas divertidas antes de hacernos papilla.
¿Cuál primero?, pregunta Aquiles. ¿Qué te parece la barca sobre la mar y sobre la barca el amor?
Virgen toma su posición de gaviera mayor y comienza a cantar para darle ritmo a su cuerpo: Chocolate, milinillo, que recoja en el membrillo, estirar, estirar, que el niñito va a pasar.
De nuevo Aquiles se ve en la necesidad de reprimir el entusiasmo de su mujer. Ella, terca, se niega a abandonar el palco de honor y para evitar el desliz incurre en una caricia vedada, en una cosquilla artera, que es un trago de agua helada. Una vez que Virgen se encarrera no hay poder sobre la tierra que le haga dar marcha atrás.
Si fuera posible ligar diez o doce estampas sin perder su conexión a la raíz del mundo, ello la haría muy feliz.
Aquiles intenta complacerla. Si va a desvelarse y a echar todo a perder mañana en la oficina, por lo menos que sea con provecho. Mientras Virgen se esmera en cumplir con las fantasías que la acompañaron durante el día, su marido piensa en cualquier cosa menos en lo que está sucediendo. Lo más efectivo es traer a escena al detestable Figuerosa, que sustituyó, después de veinte años de lucha, el cigarrillo por los chicles, y que no deja de proclamarlo con aires de superioridad y que ahora abandona sus basuras en los sitios más insospechados de la oficina.
Cada vez que la secretaria lanza un graznido es porque ha tropezado con un chicle viejo y oculto.
Virgen le dice: Ven acá, calzonudo. Impulsa a su marido a que se siente y la abrace de modo que ella pueda sentir sobre su busto dulcemente oprimido los cuatro pelos del pecho de Aquiles. Soy una naranja dulce, dice, llévame al borde de la cama y ponte de pie.
Ah, briboncilla, quieres volar.
Aquiles se pone de pie con algo de dificultad. Virgen pesa apenas 44 kilos, es una típica alfeñica de las que con tanto desprecio habló Charles Atlas, y aunque su marido pese exactamente el doble (quiso ser pesista y luchador en sus años mozos, practicó tozudamente la natación y el atletismo hasta que las responsabilidades familiares y la desidia instalaron un colchón de grasa que ahora rebasa los límites del cinturón heroico), cuando se trata de pasar de la posición horizontal a la vertical con las piernas de su esposita adheridas al centro de gravedad, tiene que hacer esfuerzos ingentes, como si en lugar de sacar a una mujer de la cama estuviera tratando de extraer del mar un bacalao ebrio de poder. Y es que Virgen no cesa de revolotear, más divertida y escandalosa que trastornada por los latigazos de la pasión.
Dime que me quieres, dice Virgen, y intentemos (su educación es deficiente, terminó a empujones el bachillerato después de pro­blemas innumerables, ponía en duda las afirmaciones de sus profe­sores, era caprichosa, despreciaba los exámenes, se portaba como una adolescente, si su marido la corrige ella se empeña en come­ter los mismos errores, sólo por molestarlo) la Flor que se Abre a Espaldas del Sol de Medianoche.
En un tratado que pretendía ser de sexología hindú, Virgen descu­brió una posición estrambótica que desde hace meses intenta llevar a su alcoba. Consiste en convertir el centro del hombre en eje de rotación del cuerpo de la mujer.
El resultado es que los dos quedan adoloridos y risueños. Caen en la cama ya separados.
Aquiles piensa que está bien trasnocharse, pero no tanto. Se dice que hará todo lo posible por abreviar. Mañana estará dur­miéndose sobre los papeles. Jamás quiere volver a despertarse con el jefe de pie a su lado y la oficina en pleno riéndose, las sagradas facturas de la Maralt arrugadas bajo su rostro que quizás incluso tuviera algunas cifras impresas.
Dime que me amas, insiste Virgen señalando con un dedo índice su mejilla. Aquiles suspira, besa, dice como en una letanía “te quiero”. Repite que me adoras, contraataca Virgen, y luego entras como el ladrón por la puerta de atrás. Quieto, grita Virgen, cerremos los ojos y pensemos en la playita solitaria de Palma Sola, en el perro blanco, en las monjas, en Mamuma desnudo persiguiendo a los cangrejos.
Terminada esta actividad, Virgen decidió que era hora de una nueva pausa.
Se tendió de espaldas. Con la sábana cubrió exactamente la mitad de su cuerpo alineando la tela para que pasara por el canal de su pecho, el centro de su ombligo lunar y la porción correspondiente de la leve penumbra que se refugia en su bajo vientre. Una pierna quedó flexionada, balanceándose a lado y lado, de modo que ofrecía y vedaba alternativamente la visión de la mitad desnuda de Virgen y era como si un viento cómplice jugueteara con una cortina caprichosa.
Virgen estaba sonriendo. Sabía de la desesperación de su esposo. De su ansia y de su prisa. Pero consideraba sus razones y pa­ciencia dignas de respeto, soñaba en su cuerpo paisajes que exigían pausa y reverencia, cursos de agua incomprensibles y profundos, y por ello, cuando tenía ánimo y entusiasmo, sometía a su esposo a los tormentos que toda felicidad auténtica reclama.
Cuéntame el cuento, pidió Virgen, abandonada al deleite que le proporcionaba el sentirse diosa bañada en polvo de oro.
Lo del cuento era asunto viejo. Y hasta agradable.
Aquiles lo había estado fantaseando desde hacía meses en sus ratos de ocio en la oficina. El argumento del relato ya estaba prácticamente listo. Por primera vez se sentía capaz de entre­garlo de un solo tirón. A Virgen le iba a gustar:
La señora Pelapapas, mujer madura pero hermosa, escuchó que tocaban a la puerta. Se lavó las manos, se las secó en el delan­tal y suspirando se dirigió a abrir ¿Sería el lechero? El necio y soso del lechero. Quizás no. Se pasó las manos por el cabe­llo, se quitó el delantal y se miró de pasada en el espejo. Abrió. Era un joven alto y no del todo digno de olvido, de facciones entre indígenas y europeas. Vendía aspiradoras. Inexperto, principiante, sin duda. Casi como súplica pidió que lo dejara hacer una demostración. Pase, dijo la señora Pelapapas. Se sentó en un sillón y cruzó una pierna con descuido. Vio que el muchacho la miraba de reojo y sonrió. Levantó el borde de la falda y se desabotonó un poco la blusa. Uf, qué calor. El vendedor, que no se había perdido un solo movimiento y que intentaba conciliar su interés en la mujer con el deseo de armar bien su aparato, carraspeó como quien se dispone a emprender un largo y estudiado discurso. Luego pareció arrepentirse y enchufó el aparato en el tomaco­rriente, cuyo paradero descubrió con gran dificultad, sin que la mujer se apiadara de su visitante. Al regresar al centro de la sala, no pudo ocultar su horripilante y antisocial erección. La señora Pelapapas vio que él había notado que ella se había dado cuenta, y quiso aliviar la congoja: “Desde hace siglos le vengo diciendo a mi marido: ¡trabaja tanto el pobre!, nunca llega antes de las ocho de la noche y es tan olvidadizo, que me compre una aspiradora”.
La mujer se acarició el cabello, descruzó la pierna que ya tenía casi dormida y cruzó la otra. Lo hizo con alevosa lentitud, sin dejar de mirar a los ojos del muchacho. Lo vio trabajar de espaldas y escuchó sus palabras que, memorizadas y mil veces repetidas, ahora le salían incoherentes, desarticuladas. Cumplió con lo básico de la demostración y se dispuso a guardar sus aparejos.
“¿Quieres tomar un café?” La erección crecía al tiempo que la desazón del muchacho. La mujer quiso hacerse la desentendida. El vendedor, azorado, se dejó conducir. La señora Pelapapas se movió ágilmente por la cocina sin descui­dar ni un momento la exhibición de sus maduros encantos. En un dos por tres tuvo el café servido. Se sentó a la mesa a una prudencial distancia del vendedor.
“¿Has vendido muchas hoy?”, preguntó, con la naturalidad de una vieja y entrañable amiga. “Ni una”, respondió el muchacho tras luchar contra la intransigencia de su garganta, que sentía acogo­tada por una garra de muerte. La mujer colocó una mano sobre la del muchacho, que descansaba en la mesa. Este intentó retirarla pero ella la retuvo con fuerza y autoritaria dulzura.
“En realidad tengo que irme, discúlpeme”. La señora Pelapapas abrió los ojos. Su desolación era auténtica, insoportable. Hubiera sido inhumano salir de aquella casa sin prestar el hom­bro. El vendedor era cristiano, lector asiduo de la Biblia y nunca le faltaba una palabra de consuelo o un acto caritativo para ofrecérselo a su prójimo en tribulación. Permaneció mirán­dola unos minutos. La señora Pelapapas volvió a suspirar, esta vez profunda y doloridamente, y dijo: “Tómese su café y vuelva a las tres. Le aseguro que convencerá a mi esposo de que compre una aspiradora”.
Levantó los ojos y tropezó con los del vendedor, que la miraba por primera vez valientemente, decidido a todo. Perma-necieron estudiándose con serenidad. Luego se derrumbaron en un beso de entrega irresponsable. Más tarde se pusieron de pie, se trenzaron con todo el cuerpo, entreveraron manos, pier­nas, lenguas y retrocedieron hasta apoyarse en la pared. Una mano de la mujer descendió, sin apartarse un instante de la carne conquistada, rumbo el centro de la fuerza y la debilidad del vendedor. Consideró el artefacto del macho desde la base hasta el extremo. Bajó con diabólica habilidad el cierre y extrajo un objeto largo y cálido, tenso, vibrante y sentimental.
“Ah”, musitó el hombre echando la cabeza hacia atrás.
“Oh”, respondió la mujer poniéndose de rodillas. Con dedos fervorosos y bruscos echó el gorrito hacia atrás y comenzó a succionar. Chupaba primero ansiosamente introduciéndose la verga todo lo posible en la boca y luego la extraía y se dedicaba a girar con sus labios en torno a la cabeza del glande y a hacerle cosquillas con la punta de la lengua. El muchacho tenía los ojos clavados en el techo. La señora Pelapapas suspiró de nuevo y el aire espeso de su aliento barrió la devastada superficie del pepino del vendedor. En Africa el amor debe ser una experiencia terrorífica y suprema, pensó la señora, recordando la foto de un negrito pícaro que sonreía desde las páginas de una revista: el muchacho ostentaba entre las piernas una trompa de oso hormigue­ro que llegaba casi hasta el suelo.
La señora Pelapapas se puso de pie. Se bajó los calzones, los colgó del gancho de las cacerolas. Colocó descuidadamente los platos, que estaban sobre la mesa, en el lavaplatos. Se acostó encima de la superficie arrasada.
“Ven acá”, le dijo ofreciéndole el coño que parecía un pollo recién horneado, oloroso y humeante. El muchacho hundió su rostro sin vacilaciones en el abismo de las entrepiernas de su generosa anfitriona, no sin antes decir incauto que al tocar a la puerta había imaginado exactamente lo que estaba sucediendo. Y hubiera dicho más (que en realidad ante todas las puertas padecía de la misma debilidad de la imaginación) si la mujer no lo agarra del pelo y le zambulle la boca en el vórtice mismo de su ansie­dad. El vendedor hizo lo que pudo, se debatió entre la asfixia y la recién descubierta osadía, hasta que la mujer, dando un empu­jón poco sutil con la pelvis, gritó. ¡No más! Con las manos crispadas se ayudó a apartar la cabeza del solícito joven y le dijo: “¡Ahora, fornícame!” “¿Resistirá la mesa?”, preguntó el muchacho asumiendo un tono profesoral. “Estoy segura. Mi marido la reforzó la última vez.” El muchacho no se detuvo en suspica­cias. Procedió. Haciendo equilibrios y en puntas de pies logró concluir su delei­te al tiempo que la mujer lanzaba un grito libertario, hondamen­te sentido y mejor expresado. Permanecieron encoñados, las piernas y los brazos de la mujer formando un candado de pasión que quería prolongarse más allá del instante.
El encanto fue roto por el timbre. Ahora sí es el lechero, dijo la mujer casi con cariño, y le pidió permiso al muchacho para deshacer el embrollo. Descolgó los calzones y se los puso.
Cuando la señora Pelapapas regresó con las botellas de leche, el vendedor ya estaba vestido, peinado y tenía la aspiradora empaca­da. La señora suspiró por quinta vez. Eres el primer vendedor que se acerca a mi puerta en tres sema­nas, dijo. El muchacho fingió no entender. Se contempló con el rabillo del ojo en el espejo oval de la sala y sonrió. Era un triunfador, sin duda, un supervendedor.
La puerta que daba a la calle estaba abierta. La mujer se aboto­nó el botón superior de la blusa. La presión del cuello de la prenda sobre la piel de la dama creaba un puente colgante que iba desde los huesos de la clavícula hasta el mentón. La papada era extraordinaria. ¿Cómo no lo había notado antes? Y sin embargo, quiso ser cortés, pobre mujer.
¿Vuelvo a las tres? preguntó el vendedor con voz profesional casi impositiva. “Por favor, no”, respondió la mujer haciendo un gesto de horror, llevándose una mano a la boca y colocando la otra en su cabeza, a la altura de la sien derecha, como si súbi­tamente hubiera recordado algo. “Se me había olvidado que ya tenemos aspiradora”.
Virgen abrió los ojos como despertando de un agradable sueño de placer aéreo.
—¿Verdad que me quieres, piojito?
—Más que a nadie nunca jamás desde el principio de los tiempos —dijo Aquiles sintiendo que, bien consideradas las cosas, no mentía.
—Entonces hazme polvo —dijo Virgen y se ofreció en la tradicional y cómoda posición que sólo los humanos pueden disfrutar.
Aquiles entró como un emperador arrogante, vitoreado por cien mil vasallos, entre descargas de fusilería y fuegos artificiales, mientras Virgen lanzaba sus patitas al aire y luego las cerraba sobre el cuerpo de su felicidad. Colocó sus talones en las nalgas de su esposo y presionó con la fuerza de sus amores acumulados.
Un solo envión del macho lo entregó a ella.
Aquiles sintió que lo habían desnudado de su piel desde la cabeza a los pies y gritó un ¡te amo! que le nació ronco, libre por completo de amor propio, definitivo. Sintió que toda la exten­sión de la flecha de su vida era bañada por un río de luz y supo que había hecho honor a su esposa en el instante en que ella se relajó.
Aquiles meditó, a medida que limpiaba, vestía y abrigaba a su esposa, que el disfraz del boy scout le quedaba justo y que mañana —¡hoy!— sería un día difícil, pero ello no le preocupó en lo más mínimo. No tuvo tiempo.

Marco Tulio Aguilera

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