UN RECUERDO DE ANDRES CAICEDO


YA NO ESCRIBO COMO EDGAR ALLAN POE
ADEMÁS... UN RECUERDO DE ANDRES CAICEDO APORTADO POR LIRIAM MARULANDA


No hay ni que preguntarse por los enigmas que le enrostra el tiempo a uno. Por qué suceden las cosas y cuándo es un misterio que en realidad no importa solucionar. Las cosas suceden con asombrosa impiedad o indiferencia. Esta mañana mi ex alumna Nina Crangle, hoy compañera de trabajo en la Editorial de la Universidad Veracruzana, se acercó a mi escritorio y me dijo mira lo que me trajeron. Era el libro Calicalabozo de Andrés Caicedo, minucuiosamente envuelto en plástico. Una bella edición de la Biblioteca Andrés Caicedo, Colección Verticales de bolsillo. Leyendo el prólogo de Sandro Romero y Luis Ospina recordé: aunque yo era dos años mayor que Andrés Caicedo, él ya era un mito cuando lo visité por primera vez en su casa. Tendría yo por entonces 22 años y él 20. 1971, más o menos. Usaba el cabello largo, no muy limpio o por lo menos no muy cuidado. Era flaco, seco y tartamudo. Muy difícil comunicarse con él. Muy tímido y sin embargo consciente de su talento. Pero también, gran paradoja, inseguro de sí mismo. Tal vez inseguro en el trato social. Algo perverso, quizá, si se le juzga con los raseros convencionales; enamorado de las niñas, empeñado en sostener sus amores ante una sociedad judicadora y con pocas luces como la caleña de los sesentas-setentas, adicto a las drogas. Me recibió en la sala de su casa. Leyó un cuento mío que era una larguísima imitación de un cuento de Edgar Allan Poe, en el que el padre se acostaba con la hija y la hija con su hijo y aquello se convertía en una especie de Casa de Usher. Leyó el cuento de un tirón (tendría 25 cuartillas) y luego con tono doctoral, como sí él estuviera sobre las nubes y yo en tierra, muy abajo, me dijo que yo tenía algo de talento, que no todo estaba perdido. Por entonces yo estaba en la febril etapa en que, bajo la asesoría de Gustavo Alvarez Gardeazábal, escribía dos o tres cuentos diarios. Años más tarde, no sé por qué circunstancia llegué a una casa que Andrés rentaba en las faldas de una colina en Cali –ya hay tanta distancia entre Cali y yo, que se me olvidan los nombres de los barrios--. Allí estaba Andrés. La casa carecía por completo de muebles. Andrés me entregó un manuscrito para que lo leyera. Era Que viva la música. Lo leí acostado en un patio de baldosas, abierto al cielo. Evidentemente me interesó, pues terminé de leerlo de una sentada (o de una acostada). Años más tarde releí la misma novela y ya no me impresionó tanto. Algunos de sus cuentos me parecen magistrales. Caicedo había descubierto un estilo, un tono, un ambiente juvenil que sólo Salinger en Estados Unidos y José Agustín en México, habían logrado. Otro recuerdo: no sé dónde vi una bellísima revista en la que estaba incluido un cuento de Andrés que creo fue finalista en el Concurso Latinoaméricano de La Palabra y el hombre. Me gustó el cuento y me gustó la revista. Me dije: El día que yo publique algo en esa revista, ese día voy a ser feliz. Hoy, casi 35 años más tarde, soy la persona que más ha escrito en esa revista de la Universidad Veracruzana y formé parte de su Consejo de Redacción durante más de diez años. En 1979 compartí el Premio Latinoamericano de Cuento de la misma revista con Sergio Pitol --él ganó el primer premio; yo el segundo--. El tiempo ata nudos a veces o en general inesperados. Es un laberinto que en cada encrucijada se abre con cien puertas. ¡Para que haces planes si la providencia los tiene hechos por ti?, dice algún proverbio que aquí creo estar parafraseando. Sergio Pitol y yo a partir del premio nos vinimos a vivir a Xalapa. El hecho de que Andrés se haya suicidado el mismo día en que aparecía publicada su novela, algo tiene que ver con mi vida y con el torrente de libros que, buenos o malos, han brotado a los largo de los años de mi cacumen. Ya no escribo imitando a Edgar Allan Poe.
..............................................Y AHORA UN RECUERDO DE LIRIAM MARULANDA.
Marco T:
Te voy a regalar un recuerdo, que al leer tu nota, llega corriendo por los sinuosos caminos del pasado: estábamos, tu y yo sentados tomando algún refresco o tal vez tinto, en una cafeteria frente al Teatro Municipal y la Universidad Santiago de Cali (ya no existe ese café y la Universidad está en otro lado), cuando llegó Andrés y se sentó con nosotros. Tú y yo hablábamos de esto y aquello y Andrés escuchaba. De pronto Andrés empezó a hablar con gran dificultad, como entrecortado y con desesperación, de una chica que estaba cortejando que nosotros no conocíamos (así parece). Entonces, en una interminable pausa de su tartamudeo yo me atreví a preguntarle: Andrés, ¿por qué tartamudeas cuando hablas de mujeres? El hombre se puso furioso, levantó una mano, me dio una cachetada y me dijo no se cuantos insultos. Yo me quedé petrificada y tu larguísima figura se levantó de la silla, tomó a Andrés por el cuello, sin hacerle daño y le dijo con un tono de voz fuerte, severo (que aún escucho): ¡¡¡Las mujeres se aman, cabrón marica!!! Lo dejaste caer sobre la silla, cayó como un fardo y quedó sumido en un estupor, sin decir nada más. Andrés permaneció mudo un rato, recogio sus papeles y se fue por donde había venido. Todavía siento tu caricia en mi adolorido cachete y escucho tu voz que me dice: No le des importancia, no vale la pena.... Muchas veces me pregunto, por qué cuando alguien muere se le recuerda como un ser perfecto, como si nunca hubiese sido humano. Cuando escucho hablar a los "expertos en la Vida y Obra de Andrés", personajes que nunca lo conocieron, me rio en silencio, pues hablan de un alguien que no existió, es un alguien inventado por los Mitos Urbanos o Intelectuales. Eso no demerita que el hombre haya escrito cosas chéveres y dejado su huella.
En posterior correo Gustavo álvarez me informa que Alberto Fuguet acaba de publicar una especie de biografía novelada de Andrés Caicedo.

Marco Tulio Aguilera

3 comentarios:

  1. Recuerdo que aún era una universitaria cuando leí Qué viva la música y entonces me gustó muchísimo. Y a principios de los 90también leí Los placeres perdidos, un libro que había resultado ganador en el concurso José Eustasio Rivera... Y los cuentos para antes de hacer el amor y para después...
    Gracias por enviarme la novela. La leeré con calma.
    Un abrazo,
    Martha

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  2. No me dijiste qué te pareció Los placeres perdidos...Por cierto: ya tengo el tercer libro de la serie: Cuentos en lugar de hacer el amor...

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  3. Gracias por publicar esta clase de cosas.

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