MEMORIAS INDISCRETAS (primeras 25 páginas)

SAN ISIDRO DE EL GENERAL
He estado publicando en facebook desde hace varias semanas apartes de lo que he llamado Memorias indiscretas. Hasta la fecha he subido 31 fragmentos. Aquí en mi blog voy a publicarlos juntos para los que estén interesados puedan leerlos en un solo bloque.

MEMORIAS INDISCRETAS
Marco Tulio Aguilera

Recuerdo una piscina rústica y cinco hermanos desnudos perseguidos por gansos, recuerdo a nuestra madre, ligera de ropa, cuidando al más reciente de sus hijos, Mauricio, que siendo el más joven de todos, el último de los Aguilera Garramuño, resultaría sesenta años después, el más deteriorado. Nos reunimos después de muchos años de separación el pasado diciembre, todos, todos o casi todos (faltó Sergio, el Rasputín de la familia: un metro ochenta y cinco, barba descuidada, cuerpo nervudo hasta el extremo, personaje difícil, complejo) en la casa cerca del lago Calima en medio de un paisaje de belleza serena e inefable. Allí constatamos el trabajo de los años sobre nuestros cuerpos y nuestro humor. Mi esposa, Lety, asistió a la controversia entre Marco Antonio, el mayor, y yo. Qué diferentes son ustedes, me dijo. Era un elogio. Marco Antonio es un déspota: siempre ha manejado mecánicos y hombres rudos que beben Budweiser,  ha vivido entre grasa y engranajes, durante 40 años ha usado el mismo maletón de cuero negro lleno de calcomanías deterioradas.  Sigue hablando secamente, con autoridad irrefutable, como si fuera o creyera ser el rey del universo. Yo me he pasado la vida entre libros, violines, mujeres, obsesiones febriles y el sudor honrado de los deportes. Gracias a mis tres deportes -carreras de fondo, baloncesto y, ya de viejo, natación- he logrado controlar mis periodos de escueta locura. Lo reconozco e incluso lo disfruto: soy un psicótico controlado. Todos los Aguilera Garramuño padecemos de megalomanía y vanidad perniciosa, pero los que llegamos a extremos a veces insoportables somos mi hermano mayor y yo.

Marco Antonio: ojos azules, prepotencia, mujeriego desde joven, en San Isidro de El General formaba parte de un grupo de adolescentes borrachines, pendencieros, que se emborrachaban los fines de semana y terminaban en la cárcel tras liarse a puñetazos. En aquellos años polvorientos Marco Antonio era el único de los hermanos que trabajaba, tenía una habitación propia y disfrutaba de los encantos o miserias de las empleadas domésticas. Hubo algunas sirvientitas bellas, inocentes, diligentes, y otras espantosamente feas como La Manchada.  A casi todas las miré en sus ritos de higiene o sueño a través de agujeros practicados en paredes… o desde abajo del piso de madera (la casa era de madera y estaba levantada sobre pilotes de piedra, lo que ofrecía al investigador la posibilidad de reptar por un laberinto de túneles, que igual servían para el espionaje lúbrico que para huir de las realidades domésticas).

La finca estaba localizada en Chaguaní o Santandercito (no tengo el dato preciso) y era una especie de refugio en tierra caliente, a donde nos recluía nuestro padre (mucho he escrito sobre él en varias novelas: un hombre impresionante, imponente, un júpiter tonante, que se transformaba en una hermanita de la caridad cuando estaba rodeado por sus hijos y en un sultán ebrio de amor y de celos cuando estaba bajo el imperio de doña Ruth).

Recuerdo a una mujer corriendo por los corredores de la hacienda y gritando, sin hacerse entender del todo, y señalando la piscina, donde se podía ver la espalda de un cuerpo que flotaba boca abajo. Era Juliancito, el hijo del jardinero, un niño callado, humilde, al que los hermanos Aguilera hacíamos objeto de nuestras bromas perversas; una de ellas, amarrarle el pito con alambre y atarlo al tronco de un árbol.

La niña Ruth tenía los más gloriosos diecisiete años cuando se escapó con ese hombre monstruosamente flaco que era mi padre a los 33 años (medía un metro noventa; tres centímetros más que Sergio, el Rasputín de la familia) al que vio en una playa en Punta del Este (le habían extirpado al gigantón las tres cuartas partes del estómago en una operación salvaje que le permitió seguir viviendo hasta las sesenta y dos años). Cuenta la leyenda (propalada por la prima Lucero, eterna enamorada del viejo) que la niña Ruth volvió a ver al señor Marco Tulio Aguilera Camacho en una recepción diplomática.

La niña Ruth iba del brazo del embajador de Brasil (un anciano homosexual que según parece había comprado a la niña Ruth, no para usarla como mujer, sino como adorno y parapeto que soslayara sus inclinaciones, que eran por entonces consideradas criminales). Don Marco Tulio vio a la niña (una criatura exquisita, de belleza serena y desquiciante: conservo fotos de ella y no dudo que su presencia en cualquier recepción diplomática habría sido motivo de estupores masculinos y atrevimientos sin par). Vio a la niña tomada del brazo de aquel vejestorio diplomático (imagino a un dandy con el pecho plagado de condecoraciones) y jugando al gran mundo y de forma relampagueante procedió.
FOTO DE MT CON ALEXIS, PERSONAJE DE LAS CALLES DE
SAN ISIDRO


Algún poder casi sobrenatural poseía nuestro padre. No solamente porque fuera un potentado, dueño de gran parte de la Sabana de Bogotá, sino porque había sido educado en Rochester, hablaba francés e inglés a la perfección y vestía sobre trajes medidas cosidos en Londres, no sólo eso, sino porque poseía (como Sergio, nuestro Rasputín) el don casi hipnótico de subyugar a cualquier persona que tuviera al frente.

Imagino que se acercó al embajador marica, le dio dos o tres pases mágicos, lo mesmerizó, le pidió el don de que le permitiera bailar con la niña, le dio dos o tres vueltas de vals sin devolverla a su propietario, tiempo que le permitió trepanar el cráneo de la niña Ruth (el doctor Aguilera Camacho fue el primero que trepanó un cráneo en Colombia) y favoreció el hecho de que la criaturita saliera de su brazo, montara en el Cadillac y desapareciera para siempre de la vida del embajador marica, de su familia y de Río Cuarto, provincia de Córdoba, Argentina, de donde era originaria.

Que el doctor Marco Tulio Aguilera Camacho, mi padre, con sus casi dos metros de estatura y su elegancia de lord inglés, su angulosa cara de descendiente de chibchas,  judíos conversos y holandeses errantes, bajara de la escalerilla del Superconstellation acompañado por una mujercita que parecía una diva del cine italiano de los años veinte, activó de manera fulminante las lenguas del Bogotá cristiano, camandulero y recalcitrante, no sólo porque el doctor fuera una celebridad científica y un elemento imprescindible en cualquier club de la más alta jerarquía, sino porque nuestro padre era el legítimo esposo de la hija del alcalde de la ciudad.

En alguna foto deteriorada por el tiempo (posiblemente de 1940, cuando todavía no existía ninguno de los Aguilera Garramuño) se puede ver a nuestro padre en traje de etiqueta, al lado de una mujer, hay que decirlo, bastante fea, una especie de gorgona deplorable con vestido de blanco encaje abotonado de pies a cuello, un ramo de flores blancas en las manos recatadas y una expresión vinagosa. Esa fue la primera esposa del doctor.

Cómo no entender que mi padre a sus treinta y tres años se extasiara ante el rostro de doncella florentina y el talle gentil, la mirada de sutil reto y esa sonrisa de domadora de fieras masculinas (tantos hombres tuvo nuestra madre, tan diversos, tan extravagantes… después de ser favorecida por el destino con la muerte del doctor).

Que la tuvo como exotismo de exposición, pieles, joyas y perfumes de oriente, y se dedicara a venerar la belleza tan fresca de la niña, no escatimó un centavo para satisfacer su gusto por verla brillar entre destellos de collares de brillantes, un verdadero escándalo en el Bogotá ultraconservador, católico masoquista, que no quiso perdonar el ultraje, al punto que llegó  a expulsarlo de todos sus cargos y prebendas, de todos los honores (pues los tenía todos: Presidente del Colegio de Médicos y Cirujanos, miembro emérito del Club Colombia, director del Hospital San Juan de Dios).
COMPAÑEROS DEL LICEO UNESCO EN SAN ISIDRO


Lo que sin duda lo tuvo sin cuidado, no sólo porque era soberbio como un Júpiter tonante, sino porque sabía que no había un solo cirujano en Colombia que pudiera eliminar de manera tan expedita y certera algunos cánceres para otros cirujanos inoperables, trepanar sin recidivas cráneos o desenredar algunos misterios de la naturaleza fisiológica, particularmente de las mujeres.

Cerró pues mi padre todas sus relaciones con la alta sociedad, abrió un consultorio de misericordia y atendió gratis a multitud de pesarosos pobres. Lo que podía hacer sin recato, pues había heredado volúmenes enteros de activos, edificios, haciendas, terrenos, fincas que se extendían por toda la sabana de Bogotá, más allá también, a los confines de tierra caliente en los que poseía incontables paraísos.

Uno de ellos… Santandercito. Un bunker infranqueable, altas rejas, portón señorial. Había (no me consta) un aya para cada uno de los siete hermanos. Los que seguían en sus cunas (nuestra madre parió hijos uno tras otro, a veces sin respetar tiempos prudenciales: nuestro padre regresaba de alguno de su viajes habituales y se encerraba a recuperar tiempos de amor, con los resultados inevitables: sólo hubo un pequeño lapso en blanco: entre Marco Antonio y Marco Tulio hubo un aborto), los que seguían en sus cunas dormían entre pieles de armiño, con su respectivas ayas, inmóviles al lado, una de noche y otra de día.

Caballos. Un pura sangre, llamado Fierabrás, que me pateó un pómulo. Cada uno de los hermanos tenía su pony, mula, macho. El pura sangre era el preferido de mi padre. Lo montaba con formal atuendo de caballista inglés. Altas botas, cachucha. En cuanto llegaba de alguno de sus viajes, antes de besar a la niña Ruth y atender a los niños, que se abalanzaban sobre él, y que espantaba como moscas, pedía que le equiparan la bestia, se ponía su atuendo de caballista, montaba a Fierabrás, pedía que abrieran la reja y arrancaba en una cabalgata feroz por el sendero pedregoso.
Ya en Bogotá los niños asistimos al Colegio Estados Unidos con uniformes impecables y cumplíamos como valientes los rituales de la civilización. Batallábamos para estar en las listas de los primeros lugares. Yo, particularmente, nunca tuve un primer lugar, ni segundo, ni tercero. Lo mejor que logré fue un 17 en un grupo de 30.

Pero antes de que naciéramos, nuestro padre paseó su pecado por los círculos sociales y llevó a su niña argentina enjoyada con collar, pendientes y pulseras de brillantes, amorosamente cubierta por pieles, hermosa, fresca, sonriente, simpática y cosmopolita (hablaba francés casi sin acento, había leído todo en el colegio de monjas (del que fue expulsada por pegarle a una monja un puñetazo en plena nariz), la llevaba, decía, al Teatro Nacional, para que sufra la plebe. Decía.

Nebulosamente recupero una escena. Alguna de las mujeres del servicio corriendo por toda la hacienda y gritando. Todos tras ella preguntándole qué le pasa. Ella señalando temblorosa, tartamudeante, la piscina. El cuerpo de un niño flotando boca abajo. Era el hijo de un jardinero al que sometíamos a juegos perversos. Uno de ellos amarrarle el pito con alambre.

La severidad del doctor era leyenda en el Hospital San Juan de Dios. Sacó literalmente a patadas a una monja que no dosificó adecuadamente una medicina, lo que causó la muerte de un paciente. Si el valet a su servicio le entregaba una camisa con la más leve sombra de mancha, el doctor la rasgaba. Y paradójicamente, ver a un indigente en apuros, lo hacía doblar sus casi dos metros y colocarse a su altura, para de alguna forma paliar su miseria y desventura.

Durante más de sesenta años fui un segundón en aspectos deportivos. En los equipos de baloncesto de la Universidad del Valle fui banca. En el equipo de San Isidro de El General (los Konigs, lo bauticé) sólo gané un título: el de máximo faulero. Miento: tuve un triunfo atlético: gané los 5000 metros planos en el Selectivo Universitario del sur de Colombia. Tiempo: 18 minutos 30 segundos. Llegado a los sesenta, tras una lesión en una rodilla (el Bimbo me la volteó al revés y me la desgració) me dediqué a la natación. Hoy soy campeón nacional de Aguas Abiertas de México, 1500 metros. Fue en Cancún. 1800 personas nos echamos al mar en Playa Tortugas.

Sobre mi escritorio en la Editorial de la Universidad Veracruzana está  El mundo como voluntad y representación.  A veces lo abro y marco con amarillo algunas frases. Entiendo por qué Borges citaba a Schopenhauer con frecuencia.

Hay dos recuerdos ajenos que me interesa recuperar: uno de ellos me lo contó una prima, Luz, la prima Luz, que vivió en casa varios años y que se dice era la preferida del doctor, la que iba a ser su gran heredera, hasta que llegó la niña Ruth, la argentinita digna del más selecto serrallo, a usurpar el lugar: Lo que no puedo olvidar, Marco Tulio, es que de niño eras un llorón insigne, un llorón cum laude: tu madre decía que eras muy sensible, yo decía que eras un marica.
            Eso corresponde a mi edad quizás de siete u ocho años.
            Cuatro o cinco años después, dijo la señora Cuquita, quien me conoció en San Isidro de El General, yo era, según ella, un niño insoportable, que no se podía quedar quieto: Hablabas interminablemente, saltabas, corrías, te parabas de manos, inventabas palabras, hablabas solo.

Hay un rasgo de mi personalidad que molesta a muchas personas y que incluso a mí mismo ha llegado a causarme repulsión: mi vanidad, el remitirlo todo a un centro: mi propia persona; el buscar la atención de los que me rodean; el difundir mi imagen de manera repetitiva, obsesiva, alguien diría que enfermiza. Pero, me digo: si yo no fuera así, no habría hecho lo que he hecho (omitiré galardones, premios, pequeñas hazañas atléticas o literarias… por ahora). Y ya lo dije: si yo no fuera como soy, no sería el que soy. Conozco mayores y más risibles excesos de egolatría: en su mesa de comensales Balzac tenía una silla más elevada que las de sus invitados; el Rey Sol acostumbraba a decir “cuando yo hablo Dios escucha”; Whitman se cantó descaradamente a sí mismo. Yo tengo un aforismo bastante (o aparentemente, ustedes dirán) estúpido: Yo soy el que soy porque si no fuera el que soy no sería el que soy, y, la verdad, estoy contento con ser el que soy).

Como estudiante fui, en general, bastante mediocre. Tuve excesos –soy persona de excesos, eso es claro: pasados los sesenta años me enfrenté a puñetazos con un mozalbete de mi tamaño y no me fue mal: le abollé la nariz; él se abalanzó sobre mí, caímos al suelo y nos revolcamos como perros callejeros-: leí los 25 tomos de las Obras Completas de Freud en mis viajes de autobús entre el centro de la ciudad de Cali y la Ciudad Universitaria; titulé mi tesis de grado de licenciatura en Filosofía con un título algo curioso o risible: Introducción a mi narcisismo.

Dos veces estuve enamorado (digámoslo así sin entrar en sutilezas): la primera, de una hermosa regiomontana, que describí en mi novela  Mujeres amadas -entre Greta Garbo y María Félix-: mujer hermosa, cariñosa, gentil, sociable, amable, servicial, excesivamente púdica (en apariencia), eficiente, amable… que muchos años después de nuestra separación (nunca llegamos a casarnos, aunque sí hubo la intención) mandó asesinar a la otra mujer que amé y sigo amando: mi esposa (no tengo pruebas pero sí abundantes indicios y sospechas: sobre este tema escribí la novela El sentido de la melancolía… pero eso no es novedad: he escrito novelas sobre todas las etapas de mi vida.

Todo lo que escribes es autobiográfico, me han dicho. ¡Falso!, respondo indignado: Los placeres perdidos  tiene por protagonista a una persona que no soy yo: Adolfo Montaño, el frenáptero. La protagonista de El amor y la muerte es mi madre.  Agua clara en el Alto Amazonas relata una historia de amor protagonizada por Pedro Botero, cartógrafo de la Amazonia colombiana, y  una indígena huitota. Pero… debo reconocer que hay algo de culto a mi propia persona en  El libro de la vida, novela en siete volúmenes cuyo protagonista es Ventura, un personaje que rinde culto al cuerpo, que pretender ser un genio literario (incomprendido), que toca el violín de infame y obstinada forma, que finge enamorarse una y otra vez y que fornica casi a primera vista con las más diversas y a veces poco presentables damas, féminas o pelanduscas.

Mi madre tuvo relaciones, en general tormentosas, crueles, inexplicables, con muchos hombres. De todos ellos al que más amó, supongo, excluyendo a mi padre, que murió a los 62 años, cuando ella tenía 26, fue Pedro Julio Jacobo, un vividor que se pasaba la vida en fiestas, paseos y francachelas y que le daba a nuestra madre unos besos melcochosos, insufribles, que a mí, por lo menos, no sé a mis hermanos, me hacían sufrir al punto del llanto. A mis otros hermanos el individuo debía parecerles un payaso maravilloso contratado por mamá para divertirnos y hacernos la vida amable. Que yo recuerde, el hombre nunca trabajó, más allá de estar inventando arreglos en las casas que habitamos. El personaje apareció al día siguiente del sepelio de nuestro padre e invadió la casa, vivíamos por entonces en una auténtica mansión con lámparas colgantes llenas de rombos de falsos diamantes y rubíes, escaleras con alfombras rojas impecables sostenidas con barrotes de bronce y remates dorados: nuestra gran diversión era usar los pasamanos como toboganes y las lámparas como soportes de sogas de Tarzán, a esa casa llegó el famoso e infame Pedro Julio Jacobo con una horda de pelafustanes mal vestidos y chicas libérrimas, músicos y hasta malabaristas. Habría que ver si esto es cierto o apenas un invento que maquiné para una novela que se llamó El juego de las seducciones, obra que de alguna manera fracasó y tuvo una existencia más que discreta.  Recibió cuatro o cinco comentarios, no tan adversos. Nunca supe si la edición se agotó o simplemente acabó en el bote de basura de Editorial Leega. (Aquí habría que hablar de Marco Antonio Jiménez Higuera, editor bastante particular, que publicada obras sin haberlas leído, apenas por el título y el olor y que corregía mientras manejaba su auto, una Chevroleta antediluviana, auténtico basurero universal, y embarraba las páginas con las grasas de las pizzas que siempre estaba en proceso de leer). No es equivocada la frase anterior sino una figura retórica que trata de explicar la manera más gráfica y grasienta en que Jiménez Higuera procesaba los manuscritos, pruebas de galera y pruebas finas que iba a publicar en libro si se daba la indescifrable circunstancia de que se alinearan los astros adecuados y si las abstrusas finanzas  lograban cuadrar. Recuerdo muy bien, casi como una pesadilla kafkiana, su billetera, una cosa gorda, gordísima, que almacenaba recibos, facturas, tarjetas, números telefónicos, reseñas de libros, recortes de periódicos, planes editoriales. Y sus proyectos, siempre faraónicos: quería que yo le hiciera una nueva traducción de En busca del tiempo perdido y de todas las obras de Conrad. Quería que tradujera y simplificara La montaña mágica. Soñaba con convertir su editorial en una auténtica Biblioteca de Alejandría. Sólo acepté participar en  tres proyectos: buscar frases en la Divina Comedia y en Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha que coincidieran con los dibujos de Doré para dos libros en gran formato que publicó sin permiso de nadie. Y leer las obras completas de Kafka para escribir un nimio prólogo a una nueva edición de La metamorfosis. El destino de MAJ fue cruel: embarazó a su secretaria, Santa, abandonó  a su mujer con dos hijos en los momentos en que a ella se le declaraba un cáncer fulminante, se declaró en quiebra tras haber pedido préstamos a todos los bancos, a todos los amigos, a todos los que se ponían al alcance de su lengua privilegiada, cerró sus oficinas y bodegas en la calle Buen Tono, no sin antes vaciar las bodegas, y ahora, entiendo, se pasa la vida colocando sus libros en librerías de todo el país, que recorre  con su Chevroleta heróica.


Mi madre tuvo relaciones, en general tormentosas, crueles, inexplicables, con muchos hombres. De todos ellos, al que más amó, supongo, fue a Pedro Julio Jacobo, un vividor que se pasaba la vida en fiestas, paseos y francachelas y que le daba a nuestra madre unos besos melcochosos, insufribles, que a mí, por lo menos –no sé a mis hermanos- me hacían sufrir al punto del llanto. A mis otros hermanos el individuo debía parecerles un payaso maravilloso, flaco, juguetón, irresponsable, amoroso, contratado por mamá para divertirnos y hacernos la vida amable. Que yo recuerde, el hombre nunca trabajó, más allá de estar inventando arreglos en las casas que habitamos. El personaje apareció al día siguiente del sepelio de nuestro padre e invadió la casa –vivíamos en una auténtica mansión con lámparas colgantes llenas de vidrios destellantes, escaleras con alfombras rojas impecables sostenidas con barrotes de bronce y remates plateados: nuestra gran diversión era usar los pasamanos como toboganes y las lámparas como soportes de sogas de Tarzán-, Pedro Julio Jacobo invadió la casa con una horda de pelafustanes mal vestidos y chicas libérrimas, acompañados todos por músicos y hasta malabaristas, como si la muerte del doctor, pocos días antes fuera un acontecimiento digno de celebrar. (Habría que ver si esto es cierto o apenas un invento para una novela que se llamó El juego de las seducciones, obra que de alguna manera fracasó rotundamente.  Recibió cuatro o cinco comentarios, no tan adversos. Nunca supe si la edición se agotó o simplemente acabó en el bote de basura de Editorial Leega). (Aquí habría que hablar de Marco Antonio Jiménez Higuera, editor bastante particular, que publicaba las obras más atrabiliarias y distantes sin haberlas leído, apenas seducido por títulos y olores, obras que corregía mientras manejaba su auto -auténtico basurero universal- y que embarraba en sus pruebas de galera con las grasas de las pizzas que siempre estaba en proceso de comer).

Mientras vivimos en San Isidro, aproximadamente entre 1960 y 1965, época que coincidió con mis primeros exaltados hervores, espiaba a las sirvientas, a todas las sirvientas, ya fuera a la manchada y contrahecha Manuelita o a la virginal doncellita, Marcela,  que sacó de mí el primer licor de vida o a la machorra Petra, que jugaba a las cartas con Marco Antonio (que hasta donde sé fue el que disfrutó de las primicias de todas  las asistentes domésticas), ah, San Isidro de El General, el pueblo con mayor densidad de prostitutas por metro cuadrado del mundo (es una figura retórica, no una estadística, perdón, pueblo amado, el más amado, donde se originó todo), mientras vivimos en San Isidro convertí a mi bella madre en motivo de mis curiosidades. La vi  abandonada sufriendo calores del cuerpo y abrazando almohadas, la espié tras practicar un sufrido orificio mientras mis hermanos dormían en el mismo cuarto que yo habitaba en mis hervores de quince años.

Reptaba monstruoso por la azotea y veía a mi madre semidesnuda en una cama y a su lado en otra cama a  la gringa del Cuerpo de Paz en los calores de 40 grados de San Isidro de El General hablando sobre literatura y filosofías de la vida. Se llamaba Jane Purington la mujer, era grandota y fea y cuando abandonó San Isidro nos dejó una biblioteca entera de clásicos en ediciones económicas.

¿Qué podía saber yo sobre la vida de eros en ese pueblo  de putas y reinas de belleza? Los dos extremos: la belleza absoluta y los cuerpos nefandos. También lo que me enseñó la versión no expurgada de Las mil y una noches: sexo sin juicios morales, sexo gozoso, divertido. Me enamoré de las hermanas Ramírez, que me sirvieron de modelos para Sol, Cielo, Estrella y Lucero, en Breve historia de todas las cosas. La novela que me catapultó a la fama a la temprana edad de 24 años y que me condenó a ser el hijo sietemesino de García Márquez.

Otro de los orangutanes que tuvo mi madre por marido. Una especie de homúnculo autoritario, pequeño, moreno, según parece jefe de bodegas o de compras, comandante de algo (en la Nicaragua sandinista abundaban los comandantes). Un verdadero espectáculo verlos juntos,  a mi madre, grandota, de gordura rozagante y limpia (fue una sílfide durante los años de matrimonio con el doctor Aguilera Camacho, pero su figura comenzó a deteriorarse a fines de los años 60 cuando dejó de dar clases de francés en el Liceo Nocturno y ya cuando en los años noventa estaba siendo comida por el cáncer que terminó por matarla en Palmira. Nuestra madre, cuando la vi en su lecho de muerte,  era una sexagenaria voluminosa que respiraba con dificultad y casi no se movía).
El comandante Carevaca era un déspota que sometía a los perros de doña Ruth a lo que llamaba “el tormento de la velocidad”: los dejaba sueltos en la batea de la Ram, los llevaba a la autopista y allí aceleraba al máximo. Dodge, el gran danés que era el más amado de  mi madre, murió atropellado por un trailer tras ser sometido por el comandante  a una de esas sesiones de locura.


Había algo de apostolado en los matrimonios absurdos, atrabiliarios, inexplicables de mi madre. Con Carevaca doña Ruth quiso contribuir al proceso revolucionario nicaragüense y lo hizo hasta que se enteró de las fechorías de los comandantes sandinistas.

Con el ajedrecista, muchos años antes, en San Isidro de El Genneral, mi madre intentó rescatar  a un hombre irremediablemente perdido en la locura. Era un personaje sombrío, lúgubre, triste, de barba cerrada, que pasaba la vida luchando contra una inexplicable depresión que lo mantenía llorando. Llegaba en su gran moto Harley Davidson, negra de hollín, con un casco de soldado alemán de la Primera Guerra Mundial, y se instalaba en la sala a musitar quién sabe qué incoherencias, horas y horas, hasta que mi madre (su profesora de francés) salía a sentarse a su lado a fumar con él y a hablar como sacerdotisa con un condenado a muerte, eran aquellas terapias interminables que dejaban a los hijos de doña Ruth al entero placer de hacer lo que se les diera la gana. (Vagabundear por el río, matar iguanas  a pedradas y asarlas en el lote baldío vecino que lindaba con el territorio de la Musoc, famosa prostituta de aspecto desastroso que terminó por ser personaje muy importante en  Breve historia de todas las cosas.  Para seguirle la  pista a la Musoc tendría que abrir un capítulo entero en este memorial: tras una larga vida de puteria según parece culminó su vida como misionera de los testigos de Jeová mientras que su hija comenzaba a seguir sus  pasos en las camas de los sanisidreños (este dato creo que es inventado por un tal Mateo Albán).
            El hombre, el ajedrecista de la moto,  lloraba mientras mamá hacía pausas en sus terapias para corregir los trabajos de sus alumnos. Varios años estuvo llorando este zombie en la sala con horarios de galeote hasta que el maldecido engendro llegó a la conclusión de que la única forma de curar su depresión era  casarse con mi señora madre.
            Venció la terquedad del turco ajedrecista. Lo recuerdo como una pesadilla recurrente: enloquecido quién sabe por qué tragedias (mi madre fue adicta cerril a las tragedias ajenas).
            Un día doña Ruth desapareció dejando una nota para sus hijos sobre la mesa del  comedor: Me ausento durante una semana. Ya les diré por qué. Arréglensela como puedan. Montó en la parte trasera de la moto del turco, la vimos alejarse tragada por el polvo rojo de San Isidro (ese polvo rojo sería el gran protagonista de mi primera novela). Cuando doña Ruth  regresó nos dijo: Fuimos a la frontera con Panamá, allí nos casamos. Les presento a su nuevo papá. Nadie aceptó al tipo. Ni Marco Antonio, el mayor, que era la encarnación de la soberbia, ni yo, que amaba a mi madre de forma apasionada, ni la

Nena, que tendría por entonces cinco o seis años y era la niña más linda que se pueda imaginar: la llamábamos Nena Pol, debido que por muchos años no pudo pronunciar correctamente la palabra “flor”.

La Nena nunca quiso casarse, en parte porque conocía el despotismo de los hombres (haber soportado a seis hermanos, todos insufribles ególatras, durante tantos años y haber asistido al desfile de jumentos que fueron los maridos de nuestra madre, eran suficientes argumentos y razones para que abominara del género masculino): tuvo apenas un par de novios o amantes, no sé: uno de ellos un bobalicón calvo que se eternizó en la silla del enamoramiento y nunca tomó la decisión de casarse y otro un actor de teatro norteamericano que la visitó por décadas. A inútiles asedios la sometieron los dos: Elizabeth quería vivir sola toda su vida, trabajar como una mula, amasar una fortuna y dedicarse a viajar por todo el mundo. Emprendió travesías maniáticas y absurdas por sendas perdidas amazónicas, montañas de la India o desiertos de Australia, generalmente con apenas lo necesario para sobrevivir. Hoy, tras haber trabajado toda su vida, habita una finca en Boyacá, una finca que compró con sus ahorros, un hermoso territorio verde plácido sobre el que campea el aire más vivificante: tiene sembradas hortalizas, cuida panales de abejas meliponas, hace inventario de nubes y pasa su tiempo organizando a los campesinos y sirviéndoles de consultora sentimental y asesora en asuntos de salud. La acompañan sus perros y los frecuentes visitantes, que casi como una plaga, han convertido su hacienda en casa de campo.

Dos veces en mi vida he estado ido, perdido, extraviado, fuera del mundo. Explicar las razones de mis desvaríos hoy me sería imposible. Pero todo, todo, está registrado minuciosamente en dos novelas: El juego de las seducciones y El sentido de la melancolía,  inédita esta última, que si he de decir verdad, no estoy seguro de que quiera ver publicada: tiene tantos detalles incómodos para mí, para mi esposa, para mi familia, que me sería difícil afrontar las consecuencias, pero, si llega a publicarse, aceptaré lo que venga: de alguna manera para mí la literatura es lo más importante: es una forma de la fatalidad: lo que queda escrito es lo es es: la esencia de mi vida, el modelo platónico, con todas sus anfractuosidades.
(Hoy, 19 de septiembre de 2018, ya está publicada la novela, con una inmejorable respuesta crítica, de mis amigos, claro. Fue publicada en una edición de 900 ejemplares 
-300 para la Universidad Veracruzana, 300 para el Instituto de Bellas Artes y 300 para el estado de Michoacán, tres instituciones que hicieron la coedición, fruto del Premio de Novela Bellas Artes José Rubén Romero 2017. Ya se agotaron los ejemplares de la Veracruzana, yo los vendí personalmente el la Feria del Libro Universitario. Los del Instituto y los de Michoacán están  acunando ratones en bodegas de la ciudad de México a causa de falta de pago).

En cada familia está resumida la historia de la humanidad, están resumidos los tipos humanos, los caracteres, personalidades, virtudes, vicios, toda una historia universal de mezquindades, actos heroicos, nimiedades, actos vergonzosos, epifanías. Recuerdo que un día los niños —todos los niños: seis machos y una hembrita— fuimos al río (supongo que el río General) y estábamos cada quien ocupado en lo suyo (diques para atrapar pescaditos, pirámides de rocas para derrumbarlas a pedradas, chapoteos, pequeñas riñas) cuando escuchamos un estruendo tremendo: era una creciente, una avenida, un alud de agua, barro y piedras que bajaba con un estruendo de fin del mundo de la montaña. Aquello hubiera sido un espectáculo maravilloso, si la Nena no se hubiera quedado precisamente sobre una piedra, en medio ahora de las aguas tumultuosas que crecían y crecían y ya le llegaban a los pies y en unos cuantos segundos arrastraría el cuerpo de la niña (tendría seis años, conjeturo). No sé quién fue el de la idea de que hiciéramos una cadena humana. Así logramos sacarla indemne y feliz (la Nena siempre, y hasta ahora, ha sido la más intrépida y aventurera de todos: ha subido al Himalaya, caminado desiertos de Australia y senderos en el Alto Amazonas). Ya lo dije: la Nena no se casó, trabajó toda su vida, ahorró hasta el último centavo de lo que no se gastó en viajes, tiene dos apartamentos en Bogotá y una finca de muchas hectáreas en Boyacá en medio de los paisajes más verdes y de una inverosímil belleza.

Si algo ha dominado mi vida es la sensualidad, la carne, pero también el amor, el disfrute de la belleza, la persecución del secreto, el pecado (si se quiere llamar así a esta ebullición que me persigue y que me impulsa a querer exprimir del mundo su esencia para mi exclusivo disfrute). Disfruto o sufro de una concepción de la vida sin duda egoísta. Y además estoy convencido que todo el mundo la comparte. No puedo separar sensualidad de curiosidad, amor de deseo de dominar o quizás de sumisión. En estos dominios todo es confuso, ambiguo. Quiero que se note mi existencia. Soy básicamente soberbio y sé que mi actitud ha causado más de un desperfecto espiritual e incluso algún desastre.
Recuerdo con cierto asco, con autodesprecio, actos sexuales, viles coitos que emprendí desapasionadamente, casi de manera animalesca con varias mujeres a las que no sólo no amaba sino que de alguna manera despreciaba y me causaban una especie de repulsión. Recuerdo particularmente una mentira que dije a una joven, bastante fea, desagradable y sin embargo soberbia: "Cuando estoy a tu lado no sé qué siento", le dije. ¡Hipócrita! Sí sabía con claridad lo que sentía. Era la hija de mi amante de planta, por entonces (ella sí una mujer hermosa, pelirroja, culta —o más bien snob— que alternaba las empresas humanitarias con las culturales: madre e hija actrices, ninguna de ellas destacada.


En la cabaña de madera que he hecho levantar en la azotea de mi casa, tendido en mi hamaca que se mueve suavemente y con el panorama de las montañas incomparables que rodean a Xalapa, hoy, a mis 69 años –soy un viejo vigoroso que puede hacer los cincuenta metros libres en 39 segundos- cierro los ojos y me pregunto por que sale tan suvaemente, tan a cuentagotas, este texto que he llamado Memorias indiscretas como un acto de humilde  y descarada sinceridad. Cierro los ojos y recuerdo a Flora: una campesinita esencial con la que pasaba las tardes en el porche de la hacienda de sus padres: no hacíamos nada más que estar tomados de las manos y escuchar el rumor de la tarde campesina que se iba haciendo noche. Grillos, cigarras, pájaros de veinte especies, olor a todas las hierbas del universo. El aroma incomparable de los naranjales. Yo había llegado a ese lugar como a una clínica de reposo tras padecer una depresión que me tuvo encerrado en la casa en San Isidro de El General un año, azotado por terrores, por sueños incestuosos, por persecusiones imaginarias alternados  todos por etapas de euforia que me llevaban a imaginar que yo era una especie de cowboy al que se rendían filas interminables de mujeres hermosas.

Esa fue mi primera entrada en el mundo de la locura (debo llamarla así porque los diagnósticos fueron abundantes, innumerables, excesivos, incomprensibles por extravagantes: recuerdo particularmente uno: esquizofrenia precoz -y recuerdo, sí, muy bien, que yo miraba al psiquiatra que me atendió en San José de Costa Rica con infinita superioridad: pobre imbécil, que podía saber ese adefesio presuntuoso de lo que pasaba en mi cabeza). Las razones, la etiología de ese trastorno, en mi opinión, fue  tan compleja, tan incomprensible, que sólo una fuente podría dar cuenta de ella: una novela escrita, durante 19 años de sufrimiento e investigación: El juego de las seducciones. Novela pasajera: dos o tres reseñas (positivas) y adiós.
 
MI PADRE, MARCO TULIO AGUILERA
CAMACHO
El título de la novela –he tenido la indelicadeza  de hacer pasar mis escritos autobiográficos por novelas-  se refiere más que todo a las seducciones que mi madre ejerció sobre una larga y sinuosa fila de hombres (todos a mi juicio inferiores a mi padre, personajes en general psicópatas o indigentes sociales), el título de la novela  me hace sospechar que en el fondo (y en la superficie) yo le eché la culpa a mi madre de lo que me sucedió. ¿Por qué? Porque me arrancó de mis sueños de gloria adolescente (Dostoievski, Tolstoi, Hamsum, Miller, Mann, jugar basquet, andar vagabundeando en el Prado Bar ) y me lanzó al mundo, todavía chorreando líquido amniótico: a trabajar como maestro rural en un pueblo que ni pueblo era (una tienda, una casa, un grandero, una escuela, una cancha de futbol que era un peladero cuyo linde era un abismo en cuyo fondo estaba el Río Grande de Térraba).


Marco Tulio Aguilera